
en Octubre Sudaya visitóla finca Aryana |
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Según el coche se adentraba en los montes de Aragón, sabía que el lugar me iba a gustar. El calor del sol de Octubre, la caminata desde el valle a los bosques me convencían aun más. Tras unos 40 minutos de conducción cautelosa, por sendas montañosas, cruzando el lecho del rió, tomando curvas cerradas y cuestas de 1:6 – paramos para sacar algunas fotos. Enseguida el silencio me envolvía. Aquí el aire puro, sin sonidos combatiéndose, es un espacio limpio. |
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Aromas de romero y espliego me acompañan en mi paseo por los bancales. Me parece que hace años ya nadie trabaja las tierras pero es obvio que en su día valía la pena invertir largas jornadas en levantar márgenes para transformar las tierras en fértiles bancales. Flexiono acerca de los cultivos y la subsistencia en el campo, precaria probablemente, un modo de vida lejano y duro pero de una sencillez que fácilmente evoca romanticismos. |
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Mis conocimientos del arbolado mediterráneo
son limitados – ¿de qué clase es ese pino? Ese roble
de allí ¿crece el mismo en Inglaterra? ¿Un olivo
crece a esta altitud? Apuesto algo ¡a qué aquí un
nogal lo haría! Me encanta descubrir esta voluntad de supervivencia
con que una semilla va penetrando en lo que parece roca sólida. |
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Es maravilloso que estas tierras pertenecen a nosotras, las mujeres del AOBO. Me acuerdo de las muchas horas recaudando fondos, de nuestro compromiso hecho en Taraloka y como involucramos a más personas, cuantas peticiones de generosidad dirigidas a las mujeres durante los retiros. Emana de mí una gratitud hacia todas las personas que dedicaron su tiempo, sus ideas, habilidades y dinero para que se realizase este lugar. |
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Al final del día, regresamos al valle, y paramos en un pueblo cercano para tomarnos algo. Era como entrar de nuevo en el mundo cotidiano. Sabía que allí arriba en la montaña había estado en otro mundo, en un lugar más puro, menos complicado, más abierto; un lugar ideal para hacer un retiro. |