
Hay cosas que suceden en la vida fuera del espacio y del tiempo. No se trata de nada extraordinario ni reservado a seres especiales, aunque sí necesita un poco del sentido de la magia que conduce la vida más allá del materialismo, incluso del yo. Quizás por eso, en ellas, se convierte en nada sorprendente lo insensato de un ritual en pleno siglo XXI y en lo más natural el percibir lo que no penetra por los sentidos.
Todos tenemos la experiencia de estar ‘enajenados’ No me refiero a un enloquecido descontrol, sino a esos momentos de absorción en la belleza que nos distancian de nuestra torpe mediocridad y nos muestran una dimensión, una capacidad de ser nosotros mismos, un poco mas luminosa, y más trascendental.
Si además somos budistas, si conocemos que la conciencia sigue un proceso ilimitado de desarrollo en su comprensión cuando ha conocido su ideal natural de la felicidad de todos los seres, entonces, no extraña nada verse repitiendo un ritual una y otra vez, escena tras escena, que, pese a sus diversas apariencias, repite inagotablemente el mismo voto. Y ni siquiera usa nuestra propia voz sino un mantra infinito en presencia de un arcano infinito en un lugar remoto. Y a la vez totalmente presente. Personal en el tiempo, y universal en su ausencia.
La Ordenación marca ese reencuentro entre el fuera del tiempo y el tiempo. Y ese reconocimiento de un compromiso realizado ni sabemos cuando pero que reconocemos.
Tiene algo de milagroso que se conjuren todos los elementos para que eso
suceda. Hay que renacer al ser humano, hay que encontrar un sendero muy concreto,
hace falta que alguien te lo haga ver en una forma inteligible –aunque
sea en un libro- en un determinado lugar, idioma, ciudad, en un día
concreto y adecuado. Hace falta seguir el juego de la magia que consiste en
reconocer y que alguien te reconozca aquí y ahora como participante
de ese tablero misterioso de otro plano. ¡Y muchas cosas más!
Por eso, cuando de pronto entiendes lo que está sucediendo, el asombro,
la felicidad por esa suerte, la gratitud, la devoción y casi la risa
de niño ante el mago, surgen de forma natural. No puede ser de otro
modo.
El camino espiritual no acaba jamás. Considerar la Ordenación
como un logro o una meta es una tontería. Con respecto al camino, es
tan solo un pequeño respiro divertido: reconoces y eres reconocido.
Y renaces en el juego como alguien que ha sido descubierto tras su apariencia
y que hace el voto mágico que luego se hace público a la asamblea
de los héroes. Y se le da una tarea en forma de nombre, un protector
encarnado y uno arquetípico. El nombre te es dado por el protector
encarnado, que es alguien que te ha visto ir desvelando el misterio, entrar
y salir de él, pero ha sabido desde hace tiempo que estabas irremediablemente
abocado ha hacer de él tu vida. Y, por circunstancias temporales de
este instante efímero, que sea de tu sexo.
La decisión de llegar hasta allí, requiere un enorme talento
y paciencia porque está lleno de trampas y espejismos. Y porque los
monstruos creados por la duda, y el ego, y la estupidez, el miedo y el apego
a las cosas que podemos controlar con los sentidos, no cesan de asaltarnos.
Aunque al menos, y ese quizás sea el primer paso, podemos verlos como
tales seres mágicos poniendo a prueba nuestra habilidad, en vez de
cómo seres reales.
El camino está lleno de desafíos. Intentas mantener la confianza
en ti mismo y demostrar tu autenticidad. Intentas desarrollar convicción,
seguridad, conocimiento, sabiduría, experiencia, determinación,
progreso, logros meditativos, fiabilidad, fe, amor, generosidad. Y luego,
cuando a pesar de todo ello los obstáculos permanecen ahí, insensibles
a tus denodados esfuerzos, empiezas a descubrir que todas esas cualidades
gravitan sobre un codiciado llegar a ser. Y que no hay que llegar a ser nada.
Solo ser.
Y entonces aparece lo que somos: seres de luz conscientes atravesando el tiempo,
bajo unos determinados condicionantes temporales, por una noble búsqueda
para el bien de todos.
El momento está guardado por seres engañosos.. Intentas llegar
valientemente a un mundo resplandeciente, y no ves grandes maestros puros,
ni príncipes, ni héroes; sino más bien, con excepciones,
desorientadores antihéroes. Casi parece que descubres lo sublime solo,
que han tenido poco que ver los mensajeros con tanta imperfección,
fealdad y debilidades.
Como en los cuentos mágicos, la belleza se oculta en formas toscas,
se hace imperceptible para la razón. Y surge la duda. Pero también
provoca una intuición rara que sostiene firmes en la incertidumbre.
El secreto está en mirarse al espejo de la humildad y verse realmente.
Y ver el ser vulgar que somos Y ver el héroe trascendental con igual
claridad. Y ver en los demás el mismo truco… Y la vanidad del
ego se disuelve. Y confiesa. Y perdona. La duda se disuelve. La belleza asoma
y resplandece. Y junto al gran voto, se añade la lealtad a los benditos
maestros y la armonía con los hermanos.
La condición humana es singular. A veces somos capaces de ver a un
tulku en un niño, de no ver al Buda en el Buda, de reconocernos mejor
de lo que se nos reconoce, de engañarnos mucho sobre la percepción
de nosotros mismos… El caso es que no suele coincidir siempre en el
tiempo el acto de reconocer y ser reconocido y a veces es, temporalmente,
doloroso. No hay que desesperar porque no hay ningún noble buscador
falso en reconocer, competitivo, cruel ni tan torpe que no pueda ver la luz
en cualquier ser humano, en cualquier otro buscador. Ni ningún noble
buscador que no acabe encontrando la forma de expresar su condición
de buscador entregado irremisiblemente… Solo es cuestión de calma.
Pero no es casual ni infructuosa ese tiempo de espera., de agudizar la mente,
de jugar incluso al riesgo de morir sin haber realmente sido reconocido en
esta corta vida. . A veces las pruebas más duras son para los más
fuertes. Cuanto más esforzado es el camino más se aprende. Cuanto
más largo y desolador, más lúcido. Cuanto más
sufrimiento más gozo y más ternura después, más
trabajo eterno hecho. Cada segundo cuenta ocurra lo que ocurra. Lo importante
es vivirlo. O mejor aun llegar a disfrutarlo.
Pedir la Ordenación y aceptarla supone vencer el miedo declararse insensato abiertamente y vencer la duda sobre qué es real. Supone asomarse al no tiempo con una sonrisa. Supone experimentar el vínculo de reconocimiento y gratitud con todo ser sintiente, con el Buda, con el camino y con los hermanos que están, que pasaron antes por aquí y que vendrán después, Y supone dejar de ser sólo para siempre, aún desde la más profunda gruta.
Con todo afecto
Jayanti